[Escrito por mi amigo Sergio, al que suelo escribir en la categoría Querido Andrés]
Querido Gin,
Como sabes, en los últimos días he coincidido con la selección española de fútbol en Armenia. Ha sido una experiencia un tanto surrealista. Te explicaré algunos detalles.
Yo no había comprado entrada para ver el partido porque la verdad es que me da bastante lo mismo. El día antes me encontré en la calle con Manolo Lama y otros periodistas que nos preguntaron si habíamos venido a ver a la selección. Como si no tuviera otra cosa que hacer que irme a Yerevan a ver fútbol. Nos preguntaron por un bar, de modo que les recomendé uno gay, lo cual, curiosamente, terminó con la conversación. Les aclaré que en el resto sólo había putas.
Es fácil saber dónde anda la gente en una ciudad tan pequeña y no creas que había un revuelo muy grande por ver a los jugadores. De modo que decidí ir al hotel para ver si veía a alguien. Y me pasé la tarde con un colega en el hall del hotel tomando birras. A todo esto nosotros buscábamos a un tal J., no el cantante de Los Planetas, sino un jefe de prensa o algo así, porque mi colega tenía que darle caviar para llevárselo a un amigo en común. Sabíamos de él que es bajito y tiene bigote. El susodicho no vino a la concentración, según nos confirmó el periodista el día antes. Pero nos dijo que se lo comentáramos a otro encargado de la federación.
Así que estábamaos buscando a J. cuando apareció otro periodista, bastante estúpido por lo que deduzco de su escasa educación. Le preguntamos si sabía si había alguien de la federación y debió intuir, erróneamente como todos, que veníamos a por autógrafos o vete a saber qué.
«Los jugadores visten con chándal negro, quizá los veáis por ahí».
«Mira amigo, me la traen al pairo los jugadores. Lo que queremos es dar un paquete para J.».
Eso le descolocó de modo que nos dejó dos nombres que no nos sirvieron para nada. Uno de los nombres era Antonio Limones. Lo escribo entero porque me gustó un apellido tan frutero. Limones.
Cuando perdíamos la esperanza entró en el hotel un hombre bajito y con bigote. Mi amigo dijo «ése es J» y fue a preguntarle. Tristemente se trataba de un iraní despistado.
Finalmente apareció A.Villar, presidente de la federación, acompañado de una comitiva de abuelos. Todos con puro y cara de haber pasado ya por el trago del famoso coñac armenio.
Y ahí fue donde apareció la preclaridad de Villar, con el que charlamos unos minutos. Nos regaló entradas, diciéndonos «os las daría para el palco pero seguro que la liamos y nos terminan echando». Y antes de irse una reflexión curiosa por su parte: «no olvidéis nunca que lo más difícil en esta vida es ser una persona normal y corriente». Filosofía española de sobremesa de toda la vida, de ésa que me gusta a mí.

Bueno, ya que teníamos una entrada nos fuimos a ver el fútbol. Antes de comenzar el partido empecé a ignorar al grupo español (típica comitiva sin humor, rasgo distintivo de los españoles en los últimos años) y charlé con los armenios. Un militar me quiso echar por meterle un banderazo a un niño aunque, obviamente, no captó que estábamos de cachondeo.
En la segunda parte empezó a llover así que subí unas escaleras y me fui a ver el partido con los armenios, junto a una chica morena bastante guapa, por cierto. Ante la entrada en el campo de nuestro apreciado Iniesta empecé a corear su nombre. Marcó Armenia, marcó España y los armenios que me rodeaban gritaban «Iniestaaaa» mientras un periodista de onda cero, si no recuerdo mal, se moría de la risa. Un abuelo me preguntaba por el barça y la gente seguía coreando el nombre de Iniesta.
Terminó el partido y los militares nos tuvieron esperando diez minutos. Luego me fui con mi amigo, pisando charcos, hasta un bar.
Ese fue el primer día de una larga historia que ahora por cansancio, resaca y obligación moral de limpiar el piso no puedo continuar. Pero si quieres lo haré.
Porque lo más interesante está por venir.
Un abrazo