
Hace varios años pasamos unos días en Bélgica, en casa de mi amigo Ruud. Vive alejado, en un camping de bungalows, y trabaja de repartidor. Nos llevó de excursión a un campo de concentración y luego a un lago. Ruud y yo nos conocimos hace muchos años, y nos hemos ido viendo, es un loco sano, superdotado en el cálculo de números, con curiosas y divertidas aficiones por la asociación de fechas, colores y personas, fascinado por la destrucción y el surrealismo, del que parece formar parte sin demasiado esfuerzo, es un outsider vocacional e inevitable.
A la excursión vino con su hermano Vincent, más joven. Apenas dijo algo al presentarnos. Enfilamos el camino hacia el campo de exterminio y al rato hablé con él. No recuerdo lo primero que me dijo pero lo segundo fue: “Cuando me ingresaron me inyectaron litio en la pierna”. Para los no enterados, las sales de litio son un fármaco que se utiliza para el tratamiento de alteraciones del ánimo como el trastorno bipolar o la depresión.
En las horas siguientes no dijo casi nada, siempre estaba alejado, intercambiamos varias frases. Me impactó su mirada, de inocencia y temor, parecía alegre pero no se atrevía a hablar con nosotros, producía desconcierto. Vincent sigue viviendo con sus padres en el mismo entorno rural que su hermano y ambos son aficionados a la pintura. Ruud me explicó que había estado ingresado y era muy complicado que mantuviera un trabajo, además de tener experiencias negativas con la droga. Desconozco su diagnóstico. Es amigo mío en Facebook, tiene pocos, si eso significa algo. Su muro está en blanco, a veces sube algún dibujo, nadie le dice “me gusta”.
Hace tiempo que no sé de él, la primera y única vez que lo ví fue hace cuatro o cinco años. Sus dibujos son tan sencillos como la casa de su tío o una playa con mucho sol y el agua muy azul. No tengo criterio para valorar su talento, a mí me gusta, quizás lo tiene.
Puede ser que esté tan apartado de todo y tan jodido que sus cuadros solo los veamos veinte personas en Facebook. Puede que si tuviera la energía y la fortuna suficientes llegara a desarrollar su carrera artística y ser reconocido, con la variedad de interpretaciones que eso significa. Es probable que solo se trate de un chaval con dificultades de adaptación social, más feliz jugando con los colores que en la escuela o el trabajo. Pero de lo que estoy seguro es que su pasión es comparable a la de sus paisanos los flamencos.
Y entonces me acuerdo de Arthur Russell, que en la mismísima Nueva York murió con centenares de cassettes amontonadas en una estantería, la mayoría con canciones inacabadas o versiones de la misma por las dos caras. Pasajes breves “as a work in progress”, sin llegar a ningún final, como sus Instrumentals Volume 1, que hoy podemos escuchar en Spotify: First thought best thought (Audika, 2006).
(Mi amigo no se llama Ruud, ni su hermano Vincent, tampoco son belgas, pero existen y viven cerca).
Tags: Arthur Russell

Dalí decía que un artista por mucho talento que posea, si no tiene ambición es cómo un pájaro sin alas…
Pues este debería ser un homenaje a los pájaros sin alas.
Ahí estás…entre el costumbrismo, la ironía y la melancolía. Dudo que ser famoso le reportara mucho a tu amigo, quizá mucho dinero, y también litros de litio en la pierna…